Ahora mis semanas comienzan con noticias, y como toda noticia que aparece en la televisión, estas también son malas. Dicen que hay pandemia en México. Todos toman precauciones para no contagiarse, comprando mascarillas y evitando cualquier contacto con otro ser humano. Pero bueno, yo no vivo en México, así que apago mi televisor y salgo a la calle para respirar el aire no tan puro que mi ciudad de cielo gris me ofrece. Los rayos del Sol tratan de cambiarle el color, pero solo te permiten una mejor visión de ese color que para muchos es deprimente, pero para mí está bien. Y también me parece excelente tener esta libertad de ir de un lado a otro, sobretodo frecuentar lugares con mucha gente. Pero yo quería todo lo contrario. Deseaba permanecer en mi casa, pasar una noche tranquila en mi humilde hogar, completamente solo, sin embargo un ser indeseable para mí llegó y arruinó esa tranquilidad. No me quedaba otra opción: debía salir.
Llamé a mis amigos y me dijeron que planeaban ir a la conocida Noche de Blanco en Miraflores. El año pasado me había parecido un completo fracaso y no quería ir, pero era eso o quedarme, así que cogí mis llaves, algo de dinero y me dirigí a comenzar mi fin de semana, esperando que algo bueno saliera de este cambio de planes.
Cuando llegué al Estadio, supe que me había levantado por el lado equivocado de la cama. Frente a mí se encontraba un antiguo amor, tomando un taxi y acompañada de un tipo que en mi opinión es un huevón. Me hice el loco y ella también, porque no intentó saludarme como otras veces, seguí caminando y esperé que exista cierta distancia entre nosotros para poner mi rostro de mal humor y buscar a alguien para putear a mi maldita suerte.
Ya con mis amigos, me comencé a calmar un poco. Les conté lo sucedido y me dijeron que no le tome importancia, que disfrutará del espectáculo, que estaría genial. Luego comenzó el show y cambiaron de opinión. Teníamos que salir de ahí y conseguir algo que nos haga olvidar esa gran píldora audiovisual para dormir. Fuimos a un grifo por un par de cervezas para entonar la noche que estaba muriendo muy temprano y decidimos ir a una disco, pero no sabíamos a cuál. Después de intercambiar opiniones, se llegó a la fatídica decisión de regresar a ese mugroso lugar al que prometí nunca más volver. Entonces, tenía dos opciones: ir a mi casa donde no estaría tranquilo, o ir al mugroso lugar, comprar un par de cervezas y olvidarme que estaba ahí. Elegí la opción que me ofrecía anestesia.
Con un par de latas durante el camino, llegamos al local, donde entramos rápidamente y para nuestra sorpresa, no se podía caminar. Lo primero que pude observar fue a la patética imitación de Morrison haciendo un deprimente espectáculo en la tarima. Como no quería ver otra vez a ese tipo, me acerqué a la barra por una cerveza. Al voltear la mirada, mis amigos habían desaparecido y ahora tenía que sumergirme en ese mar de personas para encontrarlos. Di vueltas y vueltas por el lugar y fue ahí cuando la noche me dio una segunda sorpresa: mi ex, otra vez. Pero ahora, estaba frente a frente con ella, demasiado cerca gracias a todas las personas que nos rodeaban y no me quedaba otra opción más que hacerme el loco otra vez y pasar de largo.
Hasta ese día, pensé que mi habilidad para actuar como despistado era infalible, pero me equivoqué. Al encontrar a mis amigos, comencé a renegar por el hecho de encontrarme con ella de nuevo. “Chupa y no jodas” fue lo que escuché y me pareció un buen consejo. Me sequé un vaso, luego otro, y después tomé tranquilo, tratando de concentrarme solo en la música, pero el tipo que imita a Morrison no me dejaba. Siempre estaba ahí, junto a un amigo suyo que tocaba la guitarra de aire. Ambos eran los reyes del escenario (o pretendían serlo) y mientras veía qué tan patéticos son, los analizaba, descubriendo que ese tipo no solo imita a Jim Morrison, también intenta meterle parte de la personalidad de Brandon Lee en El Cuervo. Tenía ganas de subir y comenzar a golpearlo, pero esas ganas fueron interrumpidas, bloqueadas y eliminadas por la mirada de cierta persona, a lo lejos. Ahora tenía un nuevo objetivo: evitar la mirada de mi ex.
Para cumplir mi misión, fui por más cerveza. Al regresar, la vi pasando cerca a mis amigos, tratando de notar su presencia en el lugar, hasta que se dio cuenta que me aproximaba y se alejó sin decir una palabra. Mi mirada siguió de incomodidad y seguí tomando con mis amigos, mientras una amiga y yo nos preguntábamos qué habrá querido hacer al aproximarse tanto.
La noche pasaba, las botellas iban y venían, la música aumentaba sin necesidad de incrementar el volumen, otras personas llegaban, una chica me saludaba y la maldita mirada de ella seguía dirigiéndose hacia mi lado. Ya no lo soportaba, pero no le daría el placer de vencerme y así continué la noche hasta que una voz femenina preguntó “¿ya nos podemos ir?”. Y con esas palabras salvadoras para mi hígado, me retiré con el seño fruncido por dentro, para que no se diera cuenta; tomé un taxi y fui hacia mi casa.
En el camino quería romper todo: la ventana, el asiento, el timón, patear el taxi y terminar incendiándolo. Pero la gente cuerda no hace eso y para olvidar los primeros impulsos, comienza a meditar respecto a todo lo acontecido. Y así fue, pensé en toda la noche, desde que no quise salir hasta mi salida por la puerta grande. Llegué a mi casa y mientras encendía el televisor para ver las noticias, tomé la decisión de comprar una mascarilla y evitar que nuevamente su enfermedad me contagie mediante un beso y me haga perder tanto los sentidos que ni me dé cuenta de la chica bonita que me saludo. Qué bad…
[Track: Andrés Calamaro – Mi enfermedad]
Llamé a mis amigos y me dijeron que planeaban ir a la conocida Noche de Blanco en Miraflores. El año pasado me había parecido un completo fracaso y no quería ir, pero era eso o quedarme, así que cogí mis llaves, algo de dinero y me dirigí a comenzar mi fin de semana, esperando que algo bueno saliera de este cambio de planes.
Cuando llegué al Estadio, supe que me había levantado por el lado equivocado de la cama. Frente a mí se encontraba un antiguo amor, tomando un taxi y acompañada de un tipo que en mi opinión es un huevón. Me hice el loco y ella también, porque no intentó saludarme como otras veces, seguí caminando y esperé que exista cierta distancia entre nosotros para poner mi rostro de mal humor y buscar a alguien para putear a mi maldita suerte.
Ya con mis amigos, me comencé a calmar un poco. Les conté lo sucedido y me dijeron que no le tome importancia, que disfrutará del espectáculo, que estaría genial. Luego comenzó el show y cambiaron de opinión. Teníamos que salir de ahí y conseguir algo que nos haga olvidar esa gran píldora audiovisual para dormir. Fuimos a un grifo por un par de cervezas para entonar la noche que estaba muriendo muy temprano y decidimos ir a una disco, pero no sabíamos a cuál. Después de intercambiar opiniones, se llegó a la fatídica decisión de regresar a ese mugroso lugar al que prometí nunca más volver. Entonces, tenía dos opciones: ir a mi casa donde no estaría tranquilo, o ir al mugroso lugar, comprar un par de cervezas y olvidarme que estaba ahí. Elegí la opción que me ofrecía anestesia.
Con un par de latas durante el camino, llegamos al local, donde entramos rápidamente y para nuestra sorpresa, no se podía caminar. Lo primero que pude observar fue a la patética imitación de Morrison haciendo un deprimente espectáculo en la tarima. Como no quería ver otra vez a ese tipo, me acerqué a la barra por una cerveza. Al voltear la mirada, mis amigos habían desaparecido y ahora tenía que sumergirme en ese mar de personas para encontrarlos. Di vueltas y vueltas por el lugar y fue ahí cuando la noche me dio una segunda sorpresa: mi ex, otra vez. Pero ahora, estaba frente a frente con ella, demasiado cerca gracias a todas las personas que nos rodeaban y no me quedaba otra opción más que hacerme el loco otra vez y pasar de largo.
Hasta ese día, pensé que mi habilidad para actuar como despistado era infalible, pero me equivoqué. Al encontrar a mis amigos, comencé a renegar por el hecho de encontrarme con ella de nuevo. “Chupa y no jodas” fue lo que escuché y me pareció un buen consejo. Me sequé un vaso, luego otro, y después tomé tranquilo, tratando de concentrarme solo en la música, pero el tipo que imita a Morrison no me dejaba. Siempre estaba ahí, junto a un amigo suyo que tocaba la guitarra de aire. Ambos eran los reyes del escenario (o pretendían serlo) y mientras veía qué tan patéticos son, los analizaba, descubriendo que ese tipo no solo imita a Jim Morrison, también intenta meterle parte de la personalidad de Brandon Lee en El Cuervo. Tenía ganas de subir y comenzar a golpearlo, pero esas ganas fueron interrumpidas, bloqueadas y eliminadas por la mirada de cierta persona, a lo lejos. Ahora tenía un nuevo objetivo: evitar la mirada de mi ex.
Para cumplir mi misión, fui por más cerveza. Al regresar, la vi pasando cerca a mis amigos, tratando de notar su presencia en el lugar, hasta que se dio cuenta que me aproximaba y se alejó sin decir una palabra. Mi mirada siguió de incomodidad y seguí tomando con mis amigos, mientras una amiga y yo nos preguntábamos qué habrá querido hacer al aproximarse tanto.
La noche pasaba, las botellas iban y venían, la música aumentaba sin necesidad de incrementar el volumen, otras personas llegaban, una chica me saludaba y la maldita mirada de ella seguía dirigiéndose hacia mi lado. Ya no lo soportaba, pero no le daría el placer de vencerme y así continué la noche hasta que una voz femenina preguntó “¿ya nos podemos ir?”. Y con esas palabras salvadoras para mi hígado, me retiré con el seño fruncido por dentro, para que no se diera cuenta; tomé un taxi y fui hacia mi casa.
En el camino quería romper todo: la ventana, el asiento, el timón, patear el taxi y terminar incendiándolo. Pero la gente cuerda no hace eso y para olvidar los primeros impulsos, comienza a meditar respecto a todo lo acontecido. Y así fue, pensé en toda la noche, desde que no quise salir hasta mi salida por la puerta grande. Llegué a mi casa y mientras encendía el televisor para ver las noticias, tomé la decisión de comprar una mascarilla y evitar que nuevamente su enfermedad me contagie mediante un beso y me haga perder tanto los sentidos que ni me dé cuenta de la chica bonita que me saludo. Qué bad…
[Track: Andrés Calamaro – Mi enfermedad]